Memento mori

La mayor parte de mis gustos se los debo a alguien. Mis primeros libros los heredé de mi padrastro, cuyo afición por los libros terminó obsesionándome con el olor a libro viejo. Mi primer maratón de Star Wars la hice con mi primer amor de la vida, me enamoré de los ewoks y jedis oyéndolo hablar. Así escogí mi carrera profesional, empecé a viajar, compré mi primera bufanda, me hice fan de Van Gogh, inicié mi devoción por Simone de Beauvoir, vi todas las películas de Tarantino, me metí a clase de danza del vientre y me confesé fanática de George Orwell. Detrás de cada uno de esas aficiones que me acompañan, hay siempre un nombre, la pasión de alguien fertilizando mis obsesiones. Así mi forma de relacionarme con otros se hizo egoísta: te escucho porque quiero aprender algo de vos.

Recuerdo

En casa de mis tías hay tradición de recordar, en forma ritual, los mismos eventos de nuestra infancia antecedidos de un "¿se acuerda cuando...?". Llega un punto en que el recuerdo se aferra a mí y termino convencida de que sentí la patada karateka de mi primo estampándose en mi frente de dos años. No es mi recuerdo pero lo han repetido tantas veces que lo siento mío.