Dos veces

He tenido por política no repetir películas, ni libros, ni destinos ni nada. Con un mundo tan vasto y con tanto que no conozco, ni he visto, ni he leído; repetir lo conocido le roba tiempo a todo lo nuevo. Eso por un lado; por el otro, me jala esa mucha importancia que le he dado a la emoción embriagante de la primera vez, su unicidad y la sorpresa que resguarda. Sufro de la insaciabilidad de la que hablaba Sabines.
Podría eventualmente creerle a Heráclito y pensar que no se puede cruzar el mismo río dos veces, que ni el hombre ni el agua serán los mismos. En el fondo lo sé, por eso me niego a releer mis libros favoritos de la adolescencia, temo que el yo que soy ahora no pueda amarlos con la pasión desenfrenada con la que los descubrí. Esto porque quizás siento un tanto de pena por mi yo pasado, lo juzgo inocente y torpe, tan impresionable que fácilmente se dejaba encantar, temo por mis viejas lecturas porque no quiero darme cuenta que no contaban con tanta perfección como la lloré.
Quiero compensar este rechazo que siento por la repetición y pensar poéticamente, creer que nuestro yo evoluciona para evitarnos que ninguna emoción se repita, aunque eso signifique que no vuelvan las emociones adolescentes y nos llenemos más de emociones maduras que, a pesar de pecar a veces de aburridas, resultan más saludables y equilibradas. 
Eso le da un valor adicional, porque cuando no se está asombrado por los grandes giros narrativos de la película (o sea, ya se sabe que el tipo muere o que el padre de Luke es su archienemigo), se presta atención a pequeños detalles que se fueron, nimiedades a las que se les puede cargar de un gran significado. He perdido noción sobre cuántas veces he releído Don Quijote pero conforme más memorizo el texto, mi concentración es atraída hacia ciertos personajes o temáticas que no había notado antes y he amado con más madurez la complejidad de la construcción del universo quijotesco. ¿Sí? Como cuando se pasa mucho tiempo con alguien y ya uno se sabe hasta la entonación que cobrará cada historia y uno podría -si realmente estuviera interesado- develar algo, algo a lo que antes nunca prestó atención. ¿No somos los seres humanos mucho más complejos e impredecibles que las obras de arte? (Cierto: algunos no).
Que el río y el hombre haya cambiado es casi garantía y esperanza; que nada pasa dos veces es darse el espacio de redescubrir, conceder la oportunidad de nuevas lecturas cuando algo se considera valioso, reencontrarse con el pasado y entenderlo todo diferente -para bien y para mal: para reenamorarse o desencantarse-. Al final, es hallar que el océano era un océano, aunque eso implique también el ocaso. 

Pasatiempo
(Benedetti)
Cuando éramos niños 
los viejos tenían como treinta 
un charco era un océano 
la muerte lisa y llana 
no existía 

luego cuando muchachos 
los viejos eran gente de cuarenta 
un estanque era océano 
la muerte solamente 
una palabra 

ya cuando nos casamos 
los ancianos estaban en cincuenta 
un lago era un océano 
la muerte era la muerte 
de los otros 

ahora veteranos 
ya le dimos alcance a la verdad 
el océano es por fin el océano 
pero la muerte empieza a ser 
la nuestra.